Las marcas de 140 combates en un rostro maltratado por el paso del tiempo, el contacto de la piel de porcino cuando ésta impactaba partes de la faz, así como rastro de aquellas noches de placer con un agua ardiente, féminas y dinero para aventar, así llega el ex campeón mundial Rubén “El Puas” Olivares, hoy sin el glamour que alguna vez lo caracterizó si no simplemente como un mortal más.
La prominencia del abdomen deja mucho que pensar y recordar de aquel escueto, ágil, y poderoso púgil que las tierras aztecas vieron nacer, su cofre de perlas es adornado por un par de coronillas doradas, que al sonreír relucen como dos estrellas, pero no oculta que le hacen falta algunas piezas dentales, esto por supuesto después de varios años dedicándose al deporte de las bofetadas.
Su camisa con estilo tropical, acompañado de una chamarra en piel café, y unas botas en tonalidades blancas, hacen pensar que es un trompetista de cualquier grupo guapachoso, “El Púas” se adentra en la cabina de radio donde se prepara para el cuestionario al que será sometido, poco a poco lo envuelven para hacer más amena la plática y el boxeador se sienta más cómodo.
Después de una charla intensa de 25 minutos Olivares pretende salir pero la televisión lo aguarda como en sus épocas doradas, aquellas cuando en la Coliseo era amo y señor del mundo, con una sonrisa franca esa con la que ganó verdaderos amigos recibe halagos de personas que se encuentran a su alrededor, humilde, así como siempre lo ha sido explica e intenta bailar un poco, cómo lo hacia sobre el ring dando cátedra de la zurda que alguna vez fue letal pero hoy sólo queda en recuerdos.
Su dedo anular de la chueca es adornado por una argolla de oro, la cual ganó al entrar al salón de la fama, orgulloso, lo porta sabe que pocos son los elegidos de tener ese anillo. Una pregunta lo pone a recordar pasajes de su vida, “amigos” que fueron seducidos al calor del dinero del campeón y después de avivar el fuego de la plata con alcohol derramado en las reuniones, este calor intenso se apagó por lágrimas, sudor de Rubén que sin remedio tuvo que acostumbrarse de nueva cuenta a ser un simple ser humano.
Recapitula pleitos en las arenas mexicanas, donde narra la forma en que se subía al cuadrilátero, sus ojos se llenan de esa luz ilusionándose como sin ese momento fuera aclamado por el público, así las palabras comienzan a fluir hacia los oídos de aquellas personas que atentas intentan representar en sus memorias las peleas, terminando el relato vuelve la felicidad, en menor grado, pero ahí latente permanece, esperando que de nueva cuenta salgan a relucir como pavo reales los logros hechos por él, por sus puños.
Se despide esperando que nuevamente lo inviten, un leyenda viviente lo nombran, el sabe que lo es, pero sólo ríe sin mayor efusividad las huellas que deja a su paso son inolvidables, de que alguna vez representó a México en lo más alto y hoy intenta salir del olvido del público, para después seguir dándose una vida digna del ex campeón. Su camioneta arranca, entre la resolana, esmog, ruido, desaparece como todo en la vida, pero “El Púas “ no se niega a volver, lo que si nunca regresará es aquella fortuna que alguna vez cosechó.
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